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Edema severo de la región mastoidea

Mi padre , que había estado severamente enfermo con un  proceso infeccioso de la mastoides derecha, desde los 35 años, se mantenía con edema severo de la región mastoidea con irradiación anterior, posterior y superior, que lo desfiguraba creciéndole la cabeza y provocándole dolor extremo que lo hacía ver la muerte y muchas veces desearla.

En su segunda hospitalización, había sido operado varias veces con la esperanza de extirpar el foco de infección, pero los resultados fueron siempre negativos; durante ocho meses estuvo en la sala de cirugía y eso hacía de él uno de los pocos enfermos que aún permanecía vivo después de esa larga estancia hospitalaria aunque con pocas esperanzas.

Su hermana mayor, trabajaba entonces con el Doctor Ernesto Cofiño y le consultó el caso mi papa. Ella quería que él fuera a visitarlo. Su respuesta fue que no era conveniente para el enfermo pues podría ponerlo de relieve y provocarle más bien la animadversión de los médicos del hospital. Pero le aconsejó hacerse unos lienzos con agua caliente y sal, tan caliente como lo soportara.

Cuando la hermana le transmitió el consejo del Dr. Cofiño a mi papá, solo tenían la duda si se podría realizar tal cosa sin la orden del médico tratante. Y así sucedió, de manera que por la tarde y la noche el enfermero le dio el agua y se hizo el tratamiento que el Dr. Ernesto Cofiño le había recomendado: por primera vez pudo dormir aquella noche pues el dolor lo martirizaba constantemente y no lograba conciliar el sueño.

Por la mañana se encontró, con que se le había abierto la hinchazón de la cabeza por detrás de la oreja y le salía pus en abundancia, así que el enfermero le dio un recipiente para que siguiera recogiendo el pus. Nuestro paciente estaba convencido que el consejo del Dr. Ernesto Cofiño, había sido milagroso. Que su intervención había sido decisiva y que le había salvado la vida. Su dolor había terminado. Yo siempre pensé que mi papá, exageraba; que no era posible que solo agua con sal hubiera logrado esa curación milagrosa.

Mi pensamiento era que los médicos no hacen milagros, ni son santos. Que mi papá por alguna razón que no nos explicaba quería hacer aparecer como milagroso el actuar del Dr. Ernesto Cofiño.

Un día, al revisar el correo, me encontré por primera vez con documentación que hablaba del Dr. Ernesto Cofiño, como Siervo de Dios: después de leerlo con interés, consideré que se trataba de un mensaje de Dios; llegué a la conclusión que Dios me estaba mostrando que en efecto los médicos pueden y son sujetos  y objeto de milagros cotidianamente; pero que rara vez están conscientes y más rara vez aún dispuestos a confesar públicamente la participación divina.

Fue así como caí en  la cuenta que la opinión de mi papá  no era un caso aislado sino más bien uno común en la casuística del Dr. Ernesto Cofiño. Y que yo había sido injusto con mi papá, al creer que él había exagerado elogiando la milagrosa participación del Dr. Ernesto Cofiño, a quien miraba como a un santo en la curación de la mastoiditis que lo hizo sufrir tanto tiempo.

D.JG.